viernes, 24 de diciembre de 2010
UN MENSAJE DE ESPERANZA PARA UN MUNDO QUE PERECE
el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la
tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo,
diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria,
porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que
hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.
Otro ángel le siguió, diciendo: **Ha caído, ha caído
Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a
todas las naciones del vino del furor de su fornicación**.
14:9 Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si
alguno adora a l*a bestia* y a su imagen, y recibe *la marca*
en su frente o en su mano,
él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha
sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será
atormentado con fuego y azufre delante de los santos
ángeles y del Cordero" Apocalipsis 14:6-10
jueves, 23 de diciembre de 2010
¿Dios descansó en Sábado?

Quizás esta es una pregunta que muchos nos hemos hecho en algún momento. Ya que, muchos sostienen que el Señor reposó en el séptimo día sólo para ejemplo nuestro, puesto que Él no necesita descansar, pues Jehová “no desfallece, ni se fatiga con cansancio” (Is.40:28) y sólo lo hizo para que sigamos su ejemplo.
Ahora bien, para responder a esta interrogante es necesario analizar directamente el texto:
“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.
Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.” Gén. 2:1-3.
Aquí se debe hacer hincapié en el verbo “descansar” de Gén. 2:2. Pues bien, la palabra descansar en hebreo es shabat la misma que se usa en Éxodo 20 para aplicarla al hombre.
“Acuérdate del día de reposo [shabat] para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo [shabat] para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija,ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó [shabat] en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo [shabat] y lo santificó.” Ex. 20:8-11.
De acuerdo a esto, la palabra descansar que se usó en Génesis para el descanso de Dios en hebreo es la misma que se aplica al descanso sabático para el hombre. No obstante, una buena comprensión de este verbo nos mostrará el significado y lo que realmente dice el texto inspirado.
Moisés Chávez dice que la palabra shabat significa “descansar”, “cesar”, “dejar de hacer algo”, etc. Por otro lado, este vocablo aparece unas 200 veces en el Antiguo Testamento (AT)[1].
Un ejemplo práctico y explicativo de los v.1-3 de Génesis, es el capítulo 8:22, ahí dice lo siguiente:
“Mientras exista la tierra, no cesarán [shabat] la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche.” (RVA)[2]
La frase “no cesarán” proviene de la raíz verbal “shbt” (pronúnciese shabat) que apunta hacía un “dejar de hacer algo”.
Otro ejemplo se halla en Jeremías 31:36, donde dice lo siguiente:
“Si esas leyes faltasen delante de mí, dice Jehová, entonces la descendencia de Israel dejaría [shbt] de ser nación delante de mí, perpetuamente.”
La idea que expresa la raíz “shbt” es la misma que en el ejemplo anterior, es decir, “dejar de hacer algo”.
Isaías la aplicó de la misma forma:
“pronunciarás esta sentencia contra el rey de Babilonia, y dirás: ‘¡Cómo ha cesado [shbt] el opresor; cómo ha cesado [shbt] la prepotencia!” Is. 14:4
Y podría dar muchos otros ejemplos relacionados con el verbo shabat para seguir demostrando que su traducción original no es descansar de algún cansancio físico, sino que más bien es un “cesar”, un “dejar de hacer algo”, etc.
Con esta visión más amplia, se puede llegar a entender mucho mejor lo que Moisés quiso decir al momento de escribir “y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo”. Este “descanso” no es por haber estado fatigado ni desfallecido, puesto que Dios es un ser sobrenatural que no se cansa ni fatiga. La única traducción que armoniza el texto (v.1-3), es la de “cesar” o “dejar de hacer algo”.
De manera que, una traducción tal sería de la siguiente forma:
“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.
Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y cesó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él cesó de toda la obra que había hecho en la creación.”
El sentido del texto cambia notablemente al comprender lo que realmente significa la palabra shabat.
Además, otro hecho que apoya nuestra posición es que en hebreo hay otras palabras que se usan para “descanso”, y a diferencia de la palabra shabat éstas son para un descaso físico.
Uno de estos verbos es “nuaj” que también se traduce por “descansar”:
“Por tanto, cuando Jehová tu Dios te dé descanso [nuaj] de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo;no lo olvides.” Deut. 25:29.
“Pues ahora estaría yo muerto, y reposaría; Dormiría, y entonces tendría descanso [nuaj]”. Job 3:13.
A modo de conclusión, se puede deducir que la palabra “shabat” para descanso usada en Gén. 2:1-3 no es para resaltar un descanso físico, sino que más bien es un “cese de una obra”, es porque Dios “dejó de hacer la obra de la creación”.
El que Dios nos ordene a guardar el día sábado es única y exclusivamente porque es un día santo, Él mismo lo bendijo y lo santifico para el hombre. En ese día especial Dios quiere que al igual que Él dejemos de hacer nuestras obras y lo busquemos en adoración, para recordarlo como nuestro Creador y Redentor; pero nunca para un descanso físico (ya que si fuera físico, se justificarían las “santas siestas”), sino que es un descanso psicológico de dejar el mundo exterior y vivir por unos momentos en el Cielo y trabajar por Él en la obra de la redención. Cuando comprendemos esto, lo llamamos día santo, delicia, glorioso de Jehová (Is. 58:13).
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[1] The englishman’s hebrew and chaldee concordance of de Old Testament, vol 2., pág. 1234-5
[2] La sigla RVA significa “Reina Valera Actualizada”.
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Por: Josué Gajardo.
FUENTE:http://adventista-1844.blogspot.com/2010/05/dios-descanso-en-sabado.html
CREENCIAS DE LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA
domingo, 12 de diciembre de 2010
¿COMO NOS SALVA DIOS ?

Las respuestas a tales cuestiones vinieron a través de una sucesión de metáforas existentes en las Escrituras: el Cordero sacrificial de Dios que quita los pecados del mundo; el Rey de reyes Conquistador; la Luz del mundo. Se vio entonces a Jesús como al Hijo de Dios -un Libertador cósmico, un emisario del cielo. Pero se lo vio también como al Hijo del hombre, identificándose con nosotros.
Una de las imágenes más explicativas yace en la idea de rescate. Dice Jesús: "Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos" (Mat. 20:28). Y haciéndose eco de él, Pedro afirma: "Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir la cual recibisteis de vuestros padres no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación" (1 Ped. 1:18 y 19).
La idea de rescate era conocida en el mundo antiguo. El término hacía referencia a algún objeto de valor, empleado para recuperar algo de la casa de empeños. Se refería también a la compra de la libertad por parte de un esclavo. Desde luego, los antiguos conocían demasiado bien la práctica de pagar un rescate para la liberación de un secuestrado o prisionero de guerra. De ahí el comentario de Pablo: "Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres" (1 Cor. 7:23).
El precio del rescate
No obstante, mentes inquietas se pusieron pronto a la obra, y suscitaron la cuestión: Si rescatados, ¿quién recibe el precio del rescate?
Es interesante que la Biblia nunca dice quién. A lo largo de los siglos se fue configurando el escenario de un drama -mitad real y mitad ficción. Según la fábula, el Padre y Satanás fueron quienes cerraron el trato. Adán había vendido sus derechos -de hecho, su alma- al diablo.
Conocedor del ferviente deseo que el Padre tenía de ver a Adán devuelto, Satanás, con una sonrisa sádica, puso el último precio: la vida del Hijo de Dios, el objeto por excelencia del odio de Lucifer.
Así, Jesús vino -según ese drama- y vivió bajo el férreo tormento de Satanás, y finalmente perdió su vida. Pero de acuerdo con la fábula, el mismo Lucifer resultó burlado, puesto que el Padre resucitó a su Hijo de la tumba, dejando a Lucifer privado de su premio, y en posesión de nada más que un sepulcro vacío. Perdió el precio que había extorsionado al Padre.
La verdad importante
Más allá de la fantasía de la ilustración, descubrimos aquí una gema de verdad. Cristo dio ciertamente su vida como rescate por nosotros, pecadores. Pero el asunto importante poco tiene que ver con quién recibió el pago. Hay una verdad muchísimo más importante: que en la expiación de Cristo se pagó un precio monumental, no en términos puramente mercantiles, sino para lograr la reconciliación entre nosotros como caídos pecadores, y nuestro Dios de justicia; para elevarnos a un estado de reconciliación con Dios. "Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida" (Rom. 5:10).
Ante un universo expectante, Dios demostró de una vez por todas hasta dónde iba a llegar para hacer posible la redención de los pecadores extraviados. Las dimensiones de su amor revelan la forma en la que su sacrificio comporta la cualidad del rescate.
No debemos nunca olvidar que fue nuestro Dios quien inició nuestro rescate, quien fue en nuestra búsqueda. "Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo" (2 Cor. 5:18). Y continúa hoy buscándonos. Cuando aceptamos su invitación misericordiosa, caminamos en la certeza de la salvación que nos garantiza por su muerte y resurrección.
En una breve frase, Pablo sondea las profundidades de lo que significa para Dios amar. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom. 5:8).
Saltan a la vista tres verdades. Primera, Dios demuestra el tipo de amor que tiene. Segunda, comprendemos nuestra situación de impotencia e ignorancia como pecadores. Y tercera, vemos que es él quien inicia todo el plan.
En el plan de Dios Cristo cumple el pacto eterno, asumiendo el compromiso contraído antes que el mundo fuera. Se sometería voluntariamente a entregar su vida por nosotros. Tal como los Adventistas comprenden especialmente, estaba en ello cumpliendo de forma coincidente un propósito de dimensiones cósmicas.
Pero ¿qué hay de su amor?
Desgraciadamente, el amor ha venido a convertirse en una palabra casi vacía. A menudo se lo asocia a la emoción, o hasta se lo confunde con un sentimiento religioso. Pero tal como se lo emplea en la Biblia, el amor es una palabra llena de poder, no de blandura nebulosa. El amor es agresivo: Dios entregado a la tarea de alcanzarnos para auxiliarnos. El amor es un principio, afirma E. White. ¿Cómo es eso posible? La respuesta es que el amor de Dios es un compromiso invariable, inviolable, una predisposición en favor nuestro que no podemos hacer decaer. No hay manera de hacer que se tambalee el amor divino, no lo podemos disuadir o desanimar. Es una búsqueda infatigable de parte del Dios que anhela auxiliar, y que jamás claudica. En ese sentido Dios es amor.
Más que ejemplo
En la alta Edad Media un monje francés, Pierre Abelard, ideó lo que a él le pareció que describía el significado real del amor. Se ha venido a conocer como la teoría de la influencia moral. Reaccionando contra la idea de rescate que era común en su tiempo, arguyó que Jesús no fue en ningún sentido un rescate, sino alguien elevado. Si fuésemos capaces de comprender la nobleza del carácter de Dios, razonaba él, nuestros endurecidos corazones se enternecerían y serían movidos al arrepentimiento, abandonando el pecado.
Para Abelard, la muerte de Cristo fue realmente la demostración última del amor de Dios, y por lo tanto, una descripción de su carácter. Así, Jesús sufrió con nosotros para dejarnos ejemplo. Sufrió con el pecador, más bien que por el pecador. Esa teoría reinterpretaba el significado de esos textos que nos dicen que Cristo murió por nosotros.
A pesar de su núcleo de verdad, la doctrina de Abelard quedaba muy lejos de la plenitud del significado bíblico. Presenta a Cristo como a un sujeto de la ley de amor, más bien que como a su Creador. Su tolerante concepto del pecado sugiere que la dificultad proviene, no tanto de la violación por parte del pecador contra el perfecto carácter de Dios, sino más bien de su fracaso en comprender el gran afecto de Dios por él. Queda en el vacío la enseñanza bíblica de que Cristo vino, no sólo para demostrar el amor de Dios, sino igualmente para manifestar su justicia. Con esa descripción de la expiación principalmente en términos de darnos luz sobre su propósito, resulta acallada la obra de Cristo como sacrificio muriendo por los pecadores culpables. El foco recae especialmente en la iluminación moral interior, y mucho menos en una llana y conclusiva muerte que resolvió el gran conflicto que el pecado introdujera en el universo de Dios. Así, Abelardo nos trajo una verdad parcial: Jesús como demostración indiscutible de la incesante preocupación de Dios por nosotros.
Pero salvación significa más que sentimientos positivos entre nosotros y Dios. Significa una abrumadora confrontación entre la justicia y la rebelión humana en la que estamos todos atrapados. Significa un amor que llevó a Jesús al sacrificio último a fin de obtener para nosotros reconciliación con nuestro Creador. La horrible escena física del Gólgota habló a los humanos sólo de una forma muy limitada acerca de un amor que, de hecho, implica tomar la culpabilidad de cada pecado y llevar su consecuencia: la separación total de Dios. Sólo ahí afloran las profundidades de ese amor de Dios caracterizado por la abnegación y perseverancia.
Así, como afirma Pablo, "tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). Al aceptarlo tenemos el gozo de la salvación, sabiéndonos plenamente aceptos en su amor. Dios es amor, y la magnitud de ese amor continuará revelándose ante nosotros una vez atravesadas las puertas de la eternidad.
Oculta en un texto bien conocido del Nuevo Testamento, se encuentra una verdad que las traducciones suelen oscurecer: "Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (1 Cor. 15:3). El texto dice literalmente que Cristo vino a ser nuestro lugar de sacrificio (hilasterion en griego), una referencia inequívoca al antiguo sistema sacrificial hebreo. Tanto en la forma como en el fondo, el principio subyacente es la substitución.
Como era típico en las religiones paganas, los Griegos, en lo antiguo, se esforzaban en apaciguar a sus dioses, procurando aplacar su ira y lograr su favor mediante dones y un régimen consistente en determinadas obras. Desgraciadamente el concepto persiste aún hoy entre algunos cristianos, aflorando a veces en discusiones sobre la fe y las obras.
El favor del Padre
En la muerte de Cristo no existe el más leve indicio de que el Salvador hiciera esfuerzo alguno por ganar el favor del Padre. Disponiendo ya previamente de ese favor, su confianza lo condujo hasta el Calvario, a pesar de que su humanidad se estremecía. Confrontado con el abandono de la presencia de su Padre en aversión al pecado, fue sólo en la cruz donde se hizo evidente el severo abismo. Al caer sobre él el velo de nuestra culpabilidad, sus labios expresaron un clamor agonizante: "¿Por qué me has desamparado?" (Mat. 27:46).
Entonces descendió al abismo de la muerte segunda llevando la carga del rechazo y rebelión contra Dios. En ese momento, él se encuentra en nuestro lugar. Suya es la desesperación de los pecadores perdidos, horrorizados ante el vacío tenebroso, privados de toda esperanza. Estando en lugar nuestro, "el Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba" (El Deseado, p. 701). La muerte le sobrecogió como al pecador abandonado, solo, en el lugar que realmente nos corresponde a cada uno de nosotros.
Algunos sugieren que Cristo vino primariamente para mostrarnos su preocupación por nosotros, en la desgraciada suerte que nos es común; para compartir nuestros pesares, para asegurarnos de la comprensión y cuidado de Dios. Si bien hay virtud en reconocer lo anterior, encierra la sutil sugerencia de que, después de todo, el pecado no es algo tan grave, y que podemos tranquilizarnos definitivamente sabiendo que Dios nunca deja de cuidarnos. Se nos anima a ver el lado luminoso. Pero ¿cuánta luz alumbra el abismo de la muerte? Sin duda alguna Jesús demostró cuánto nos ama el Padre, pero había mucho más en juego. Vino para llevar el inevitable castigo por la rebelión contra el carácter infinitamente justo de Dios.
Jesús vino, no a apaciguar, sino a cancelar la culpabilidad y a limpiar a los pecadores. Eso no es sobornar a Dios en ningún sentido, ni es artero subterfugio a fin de satisfacer algo así como una demanda personal. Sí es, por el contrario, un plan divinamente calculado del que Pablo declaró: "para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom. 3:25 y 26). Dicho de otro modo: Más bien que responder a la demanda de Dios, fue efectuado por iniciativa de Dios.
De ese modo Jesús pagó nuestro rescate y nos liberó, cautivos como estábamos del pecado. Mostró así cómo nos ama Dios. Pero hay mucho más. La auténtica comprensión tiene lugar cuando nos apercibimos de la naturaleza desesperada del problema de nuestro pecado y de la forma en la que Dios ha de tratar con la rebelión que ha irrumpido en su universo.
Está en cuestión la rectitud de Dios, su justicia. Se da aquí un categórico alejamiento de las ideas paganas relativas a apaciguar. Dios emprende la obra de hacer un puente que salve el abismo. Se coloca él mismo como substituto, para demostrar la naturaleza inmutable de su ley, y realiza todo lo que es necesario. Cristo viene a ser hecho el sacrificio divino, su cruz viene a ser un altar (ver 1 Cor. 5:7). Lo contemplamos asombrados, viendo lo que efectúa en favor nuestro. "Se entregó a sí mismo por nosotros" (Efe. 5:2) y ofreció "una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados" (Heb. 10:12). Dios "envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1 Juan 4:10).
En Cristo, nuestro pecado fue juzgado y condenado. Permanece intacta la naturaleza justa de Dios, y queda resuelta la violación de la misma. Mientras lo contemplamos como niños asombrados, él nos reconcilia, derramando los beneficios sobre nosotros, quienes lo aceptamos por fe. Después de todo lo realizado, con el universo por testigo, ¿qué más pudo haber hecho?.
-------------------------------------------------------------------------------------------- Autor: George W. Reid. de: Adventist Biblical Research, (Instituto de Investigaciónes Bíblicas Adventista). Fuente:http://www.adventistbiblicalresearch.org/documentos/porquemuriojesus.htm |
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