viernes, 24 de diciembre de 2010

UN MENSAJE DE ESPERANZA PARA UN MUNDO QUE PERECE

"Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía
el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la
tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo,
diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria,
porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que
hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.
Otro ángel le siguió, diciendo: **Ha caído, ha caído
Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a
todas las naciones del vino del furor de su fornicación**.
14:9 Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si
alguno adora a l*a bestia* y a su imagen, y recibe *la marca*
en su frente o en su mano,
él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha
sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será
atormentado con fuego y azufre delante de los santos
ángeles y del Cordero"
Apocalipsis 14:6-10

jueves, 23 de diciembre de 2010

¿Dios descansó en Sábado?




Quizás esta es una pregunta que muchos nos hemos hecho en algún momento. Ya que, muchos sostienen que el Señor reposó en el séptimo día sólo para ejemplo nuestro, puesto que Él no necesita descansar, pues Jehová “no desfallece, ni se fatiga con cansancio” (Is.40:28) y sólo lo hizo para que sigamos su ejemplo.

Ahora bien, para responder a esta interrogante es necesario analizar directamente el texto:

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.” Gén. 2:1-3.

Aquí se debe hacer hincapié en el verbo “descansar” de Gén. 2:2. Pues bien, la palabra descansar en hebreo es shabat la misma que se usa en Éxodo 20 para aplicarla al hombre.

“Acuérdate del día de reposo [shabat] para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo [shabat] para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija,ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó [shabat] en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo [shabat] y lo santificó.” Ex. 20:8-11.

De acuerdo a esto, la palabra descansar que se usó en Génesis para el descanso de Dios en hebreo es la misma que se aplica al descanso sabático para el hombre. No obstante, una buena comprensión de este verbo nos mostrará el significado y lo que realmente dice el texto inspirado.

Moisés Chávez dice que la palabra shabat significa “descansar”, “cesar”, “dejar de hacer algo”, etc. Por otro lado, este vocablo aparece unas 200 veces en el Antiguo Testamento (AT)[1].

Un ejemplo práctico y explicativo de los v.1-3 de Génesis, es el capítulo 8:22, ahí dice lo siguiente:

“Mientras exista la tierra, no cesarán [shabat] la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche.” (RVA)[2]

La frase “no cesarán” proviene de la raíz verbal “shbt” (pronúnciese shabat) que apunta hacía un “dejar de hacer algo”.

Otro ejemplo se halla en Jeremías 31:36, donde dice lo siguiente:

“Si esas leyes faltasen delante de mí, dice Jehová, entonces la descendencia de Israel dejaría [shbt] de ser nación delante de mí, perpetuamente.”

La idea que expresa la raíz “shbt” es la misma que en el ejemplo anterior, es decir, “dejar de hacer algo”.

Isaías la aplicó de la misma forma:

“pronunciarás esta sentencia contra el rey de Babilonia, y dirás: ‘¡Cómo ha cesado [shbt] el opresor; cómo ha cesado [shbt] la prepotencia!” Is. 14:4

Y podría dar muchos otros ejemplos relacionados con el verbo shabat para seguir demostrando que su traducción original no es descansar de algún cansancio físico, sino que más bien es un “cesar”, un “dejar de hacer algo”, etc.

Con esta visión más amplia, se puede llegar a entender mucho mejor lo que Moisés quiso decir al momento de escribir “y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo”. Este “descanso” no es por haber estado fatigado ni desfallecido, puesto que Dios es un ser sobrenatural que no se cansa ni fatiga. La única traducción que armoniza el texto (v.1-3), es la de “cesar” o “dejar de hacer algo”.

De manera que, una traducción tal sería de la siguiente forma:

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y cesó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él cesó de toda la obra que había hecho en la creación.”

El sentido del texto cambia notablemente al comprender lo que realmente significa la palabra shabat.

Además, otro hecho que apoya nuestra posición es que en hebreo hay otras palabras que se usan para “descanso”, y a diferencia de la palabra shabat éstas son para un descaso físico.

Uno de estos verbos es “nuaj” que también se traduce por “descansar”:

“Por tanto, cuando Jehová tu Dios te dé descanso [nuaj] de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo;no lo olvides.” Deut. 25:29.

“Pues ahora estaría yo muerto, y reposaría; Dormiría, y entonces tendría descanso [nuaj]”. Job 3:13.

A modo de conclusión, se puede deducir que la palabra “shabat” para descanso usada en Gén. 2:1-3 no es para resaltar un descanso físico, sino que más bien es un “cese de una obra”, es porque Dios “dejó de hacer la obra de la creación”.

El que Dios nos ordene a guardar el día sábado es única y exclusivamente porque es un día santo, Él mismo lo bendijo y lo santifico para el hombre. En ese día especial Dios quiere que al igual que Él dejemos de hacer nuestras obras y lo busquemos en adoración, para recordarlo como nuestro Creador y Redentor; pero nunca para un descanso físico (ya que si fuera físico, se justificarían las “santas siestas”), sino que es un descanso psicológico de dejar el mundo exterior y vivir por unos momentos en el Cielo y trabajar por Él en la obra de la redención. Cuando comprendemos esto, lo llamamos día santo, delicia, glorioso de Jehová (Is. 58:13).

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[1] The englishman’s hebrew and chaldee concordance of de Old Testament, vol 2., pág. 1234-5

[2] La sigla RVA significa “Reina Valera Actualizada”.

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Por: Josué Gajardo.

FUENTE:http://adventista-1844.blogspot.com/2010/05/dios-descanso-en-sabado.html

CREENCIAS DE LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA







I. LA DOCTRINA DE DIOS

1. Las Sagradas Escrituras. Las Sagradas Escrituras, que abarcan el Antiguo y el Nuevo Testamento, constituyen la Palabra escrita de Dios, transmitida por inspiración divina mediante santos hombres de Dios que hablaron y escribieron siendo impulsados por el Espíritu Santo. Por medio de esta palabra, Dios ha comunicado a los seres humanos el conocimiento necesario para alcanzar la salvación. Las Sagradas Escrituras son la infalible revelación de la voluntad divina. Son la norma del carácter, el criterio para evaluar la experiencia, la revelación autorizada de las doctrinas, y un registro fidedigno de los actos de Dios realizados en el curso de la historia (2 Pedro 1:20-21; 2 Timoteo 3:16-17; Salmos 119:105; Proverbios 30:5-6; Isaías 8:20; Juan 17:17; 1 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 4:12)

2. La Trinidad. Hay un solo Dios, que es una unidad de tres personas coeternas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Dios uno y trino es inmortal, todopoderoso, omnisapiente, superior a todos y omnipresente. Es infinito y escapa a la comprensión humana, no obstante lo cual se le puede conocer mediante la propia revelación que ha efectuado de sí mismo. Es eternamente digno de reverencia, adoración y servicio por parte de toda la creación (Deuteronomio 6:4; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14; Efesios 4:4-6; 1 Pedro 1:2; 1 Timoteo 1:17; Apocalipsis 14:7)

3. EI Padre. Dios el Padre Eterno, es el Creador, Origen, Sustentador y Soberano de toda la creación. Es justo, santo, misericordioso y clemente, tardo para la ira y abundante en amor y fidelidad. Las cualidades y las facultades del Padre se manifiestan también en el Hijo y el Espíritu Santo. (Génesis 1:1; Apocalipsis 4:11; 1 Corintios 15:28; Juan 3:16; 1 Juan 4:8; 1 Timoteo 1:17; Éxodo 34:6-7; Juan 14:9)

4. El Hijo. Dios el Hijo Eterno es uno con el Padre. Por medio de él fueron creadas todas las cosas; EI revela el carácter de Dios, Ileva a cabo la salvación de la humanidad y juzga al mundo. Aunque es verdaderamente Dios, sempiterno, también llegó a ser verdaderamente hombre, Jesús el Cristo. Fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Vivió y experimentó tentaciones como ser humano, pero ejemplificó perfectamente la justicia y el amor de Dios. Mediante sus milagros manifestó el poder de Dios y éstos dieron testimonio de que era el prometido Mesías de Dios. Sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados y en nuestro lugar, resucitó de entre las muertos y ascendió al Padre para ministrar en el santuario celestial en nuestro favor. Volverá otra vez con poder y gloria para liberar definitivamente a su pueblo y restaurar todas las cosas

(Juan 1:1-3, 14; Colosenses 1:15-19; Juan 10:30; 14:9; Romanos 6:23; 2 Corintios 5:17-19; Juan 5:22; Lucas 1:35; Filipenses. 2:5-11; 1 Corintios 15:3-4; Hebreos 2:9-18; 8:1-2; Juan 14:1-3)

5. El Espíritu Santo. Dios el Espíritu Eterno estuvo activo con el Padre y el Hijo en la creación, la encarnación y la redención. Inspiró a los autores de las Escrituras. Infundió poder a la vida de Cristo. Atrae y convence a los seres humanos; y a los que responden, renueva y transforma a la imagen de Dios. Enviado por el Padre y el Hijo está siempre con sus hijos, distribuye dones espirituales a la iglesia, la capacita para dar testimonio en favor de Cristo, y en armonía con las Escrituras la conduce a toda verdad. (Génesis 1:1-2; Lucas 1:35; 4:18; Hechos 10:38; 2 Pedro 1:21; 2 Corintios 3:18; Efesios 4:11-12; Hechos 1:8; Juan 14:16-18, 26; 15:26-27; 16:7-13)

II. LA DOCTRINA DEL HOMBRE

6. La creación. Dios es el Creador de todas las cosas, y ha revelado por medio de las Escrituras un registro auténtico de su actividad creadora. El Señor hizo en seis días "los cielos y la tierra" y todo ser viviente que la habita, y reposó el séptimo día de la primera semana. De ese modo estableció el sábado como un monumento perpetuo de la finalización de su obra creadora. El primer hombre y la primera mujer fueron hechos a imagen de Dios como una corona de la creación; se les dio dominio sobre el mundo y la responsabilidad de cuidar de él. Cuando el mundo quedó terminado era "bueno en gran manera", porque declaraba la gloria de Dios (Génesis 1:2; Éxodo 20:8-11; Salmos 19:1-6; 33:6, 9; 104; Hebreos 11:3)

7. La naturaleza del hombre. El hombre y la mujer fueron hechos a imagen de Dios, con individualidad propia y con la facultad y la libertad de pensar y obrar por su cuenta. Aunque fueron creados como seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios. La imagen de Dios se desfiguró en ellos y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes participan de esta naturaleza degradada y de sus consecuencias. Nacen con debilidades y tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió al mundo consigo mismo, y por medio de su Espíritu restaura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para gloria de Dios, se los invita a amar al Señor y a amarse mutuamente, y a cuidar el ambiente que los rodea. (Génesis 1:26-28; 2:7; Salmos 8:4-8; Hechos 17:24-28; Génesis 3; Salmos 51:5; Romanos 5:12-17; 2 Corintios 5:19-20; Salmos 51:10; 1 Juan 4:7-8, 11, 20; Génesis 2:15)

III. LA DOCTRINA DE LA SALVACION

8. El gran conflicto. La humanidad entera se encuentra envuelta en un conflicto de proporciones extraordinarias entre Cristo y Satanás en torno al carácter de Dios, su ley y su soberanía sobre el universo. Este conflicto se originó en el cielo cuando un ser creado, dotado de libre albedrío, se exaltó a sí mismo y se convirtió en Satanás, el adversario de Dios, e instigó a rebelarse a una porción de las Ángeles. Él introdujo el espíritu de rebelión en este mundo cuando indujo a pecar a Adán y a Eva. El pecado produjo como resultado la distorsión de la imagen de Dios en la humanidad, el trastorno del mundo creado y posteriormente su completa devastación en ocasión del diluvio universal. Observado por toda la creación, este mundo se convirtió en el campo de batalla del conflicto universal, a cuyo término el Dios de amor quedará finalmente vindicado. Para ayudar a su pueblo en este conflicto, Cristo envía al Espíritu Santo y a los ángeles leales para que lo guíen, lo protejan y lo sustenten en el camino de la salvación (Apocalipsis 12:4-9; Isaías 14:12-14; Ezequiel 28:12-18; Génesis 3; Romanos 1:19-32; 5:12-21; 8:19-22; Génesis 6-8; 2 Pedro 3:6; 1 Corintios 4:9; Hebreos 1:14.

9. La vida, muerte y resurrección de Cristo. Mediante la vida de Cristo, de perfecta obediencia a la voluntad de Dios, sus sufrimientos, su muerte y su resurrección, Dios proveyó el único medio válido para expiar el pecado de la humanidad, de manera que los que por fe acepten esta expiación puedan tener acceso a la vida eterna, y toda la creación pueda comprender mejor el infinito y santo amor del Creador. Esta expiación perfecta vindica la justicia de la ley de Dios y la benignidad de su carácter, porque condena nuestro pecado y al mismo tiempo hace provisión para nuestro perdón. La muerte de Cristo es vicaria y expiatoria, reconciliadora y transformadora. La resurrección de Cristo proclama el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal, y a los que aceptan la expiación les asegura la victoria final sobre el pecado y la muerte. Declara el señorío de Jesucristo, ante quien se doblará toda rodilla en el cielo y en la tierra. (Juan 3:16; Isaías 53; 1 Pedro 2:21-22; 1 Corintios 15:3-4, 20-22; 2 Corintios 5:14-15, 19-21; Romanos 1:4; 3:25; 4:25; 8:3-4; 1 Juan 2:2; 4:10; Gálatas 2:15; Filipenses 2:6-11)

10. La experiencia de la salvación. Con amor y misericordia infinitos Dios hizo que Cristo, que no conoció pecado, fuera hecho pecado por nosotros, para que nosotros pudiésemos ser hechos justicia de Dios en él. Guiados por el Espíritu Santo sentimos nuestra necesidad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras transgresiones, y ejercemos fe en Jesús como Señor y Cristo, como Sustituto y Ejemplo. Esta fe que recibe salvación nos llega por medio del poder divino de la Palabra y es un don de la gracia de Dios. Mediante Cristo somos justificados, adoptados como hijos e hijas de Dios y librados del señorío del pecado. Por medio del Espíritu nacemos de nuevo y somos santificados; el Espíritu renueva nuestras mentes, graba la ley de amor de Dios en nuestros corazones y nos da poder para vivir una vida santa. Al permanecer en él somos participantes de la naturaleza divina y tenemos la seguridad de la salvación ahora y en ocasión del juicio. (2 Corintios 5:17-21; Juan 3:16; Gálatas 1:4; 4:4-7; Tito 3:3-7; Juan 16:8; Gálatas 3:13-14; 1 Pedro 2:21-22; Romanos 10:17; Lucas 17:5; Marcos 9:23-24; Efesios 2:5-10; Romanos 3:21-26: Colosenses 1:13-14; Romanos 8:14-17; Gálatas 3:26; Juan 3:3-8; 1 Pedro 1:23; Romanos 12:2; Hebreos 8:7-12; Ezequiel 36:25-27; 2 Pedro 1:3-4; Romanos 8:1-4; 5:6-10)

IV. LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

11. Crecimiento en Cristo Nueva creencia fundamental aprobada en 04 de julio de 2005, en la 58ª Asamblea de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día

Por su muerte en la cruz Jesús triunfó sobre las fuerzas del mal. El subyugó los espíritus de demonios durante Su ministerio terrestre y quebró su poder y tornó cierto su destino final. La victoria de Jesús nos da victoria sobre las fuerzas del mal que continúan procurando controlarnos, mientras caminamos con El en paz, alegría, y con la certeza de Su amor. Ahora el Espíritu Santo vive con nosotros y nos da poder. Continuamente comprometidos con Jesús como nuestro Salvador y Señor, somos libres del fardo de nuestros hechos pasados. No más viviremos en la oscuridad, con miedo de los poderes del mal, ignorancia, y la falta de sentido de nuestro antiguo modo de vida. En esa nueva libertad en Jesús, somos llamados a creces en semejanza a Su carácter, comulgando con El diariamente en oración, alimentándonos de Su Palabra, meditando en eso y en Su providencia, cantando sus alabanzas, reuniéndonos juntos en adoración, y participando en la misión de la Iglesia. A medida que nos entreguemos al servicio de amor a aquellos a nuestro alrededor y al testimonio de Su salvación, Su constante presencia con nosotros a través del Espíritu transforma cada momento y toda tarea en una experiencia espiritual. › Razones biblicas: Salmos 1:1, 2; 23:4; 77:11, 12; Colosenses 1:13, 14; 2:6, 14, 15; San Lucas 10:17-20; Efesios 5:19, 20; 6:12-18; I Tesalonicenses 5:23; II San Pedro 2:9; 3:18; II Corintios 3:17, 18; Filipenses. 3:7-14; I Tesalonicenses 5:16-18; San Mateo 20:25-28; San Juan 20:21; Gálatas 5:22-25; Romanos 8:38, 39; I San Juan 4:4; Hebreos 10:25.

12. La iglesia. La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesa que Jesucristo es Señor y Salvador. Como continuadores del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, se nos invita a salir del mundo; y nos reunimos para adorar y estar en comunión unos con otros, para recibir instrucción el la Palabra, celebrar la Cena del Señor, para servir a toda la humanidad y proclamar el evangelio en todo el mundo. La iglesia deriva su autoridad de Cristo, que es el Verbo encarnado, y de las Escrituras que son la Palabra escrita. La iglesia es la familia de Dios: somos adoptados por él como hijos y vivimos sobre la base del nuevo pacto. La iglesia es el cuerpo de Cristo, una comunidad de fe de la cual Cristo mismo es la cabeza. La iglesia es la esposa por la cual Cristo murió para poder santificarla y purificarla. Cuando regrese en triunfo, se la presentará como una iglesia gloriosa, es a saber, los fieles de todas las edades, adquiridos por su sangre, sin mancha ni arruga, santos e inmaculados

(Génesis 12:3; Hechos 7:38; Efesios 4:11-15; 3:8-11; Mateo 28:19-20; 16:13-20; 18:18; Efesios 2:19-22; 1:22-23; 5:23-27; Colosenses 1:17-18)

13. El remanente y su misión. La iglesia universal está compuesta por todos los que creen verdaderamente en Cristo, pero en los últimos días, una época de apostasía generalizada, se ha llamado a un remanente para que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la hora del juicio, proclama la salvación por medio de Cristo y anuncia la proximidad de su segunda venida. Esta proclamación está simbolizada por los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide con la hora del juicio en el cielo y da como resultado una obra de arrepentimiento y reforma en la tierra. Todo creyente recibe la invitación a participar personalmente en este testimonio mundial. (Apocalipsis 12:17; 14:6-12; 18:1-4; 2 Corintios 5:10; Judas 3, 14; 1 Pedro 1:16-19; 2 Pedro 3:10-14; Apocalipsis 21:1-14)

14. La unidad del cuerpo de Cristo. La iglesia es un cuerpo constituido por muchos miembros que proceden de toda nación, raza, lengua y pueblo. En Cristo somos una nueva creación; las diferencias de raza, cultura, educación y nacionalidad, entre encumbrados y humildes, ricos y pobres, hombres y mujeres, no debemos causar divisiones entre nosotros. Todas somos iguales en Cristo, quien por un mismo Espíritu nos ha unido en comunión con él y los unos con los otros. Debemos servir y ser servidos sin parcialidad ni reservas. Por medio de la revelación de Jesucristo en las Escrituras participamos de la misma fe y la misma esperanza, y salimos para dar a todos el mismo testimonio. Esta unidad tiene sus orígenes en la unicidad del Dios trino, que nos ha adoptado como sus hijos

(Romanos 12:4-5; 1 Corintios 12:12-14; Mateo 28:19-20; Salmos 133:1: 2 Corintios 5:16-17; Hechos 17:26-27; Gálatas 3:27, 29; Colosenses 3:10-15; Efesios 4:14-16; 4:1-6; Juan 17:20-23)

15. El bautismo. Por medio del bautismo confesamos nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de andar en novedad de vida. De este modo reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, llegamos a ser su pueblo y somos recibidos como miembros de su iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión con Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestra recepción del Espíritu Santo. Se realiza por inmersión en agua, y está íntimamente vinculado con una afirmación de fe en Jesús y con evidencias de arrepentimiento del pecado. Sigue a la instrucción en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñanzas. (Romanos 6:1-6; Colosenses 2:12-13; Hechos 16:30-33; 22:16; 2:38; Mateo 28:19-20)

16. La Cena del Señor. La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la sangre de Jesús como expresión de fe en él, nuestro Señor y Salvador. En esta experiencia de comunión Cristo está presente para encontrarse con su pueblo y fortalecerlo. Al participar en ella, proclamamos gozosamente la muerte del Señor hasta que venga. La preparación para la Cena incluye un examen de conciencia, arrepentimiento y confesión. El Maestro ordenó el servicio de lavamiento de los pies para manifestar una renovada purificación, expresar disposición a servirnos mutuamente y con humildad cristiana, y unir nuestros corazones en amor. Todos los creyentes cristianos pueden participar del servicio de comunión. (1 Corintios 10:16-17; 11:23-30; Mateo 26:17-30; Apocalipsis 3:20; Juan 6:48-63; 13:1-17)

17. Los dones y ministerios espirituales. Dios concede a todos los miembros de su iglesia en todas las edades dones espirituales para que cada uno las emplee en amante ministerio por el bien común de la iglesia y la humanidad. Concedidos mediante la operación del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad, los dones proveen todos los ministerios y habilidades necesarios para que la iglesia cumpla su función divinamente ordenada. De acuerdo con las Escrituras estos dones incluyen ministerios tales como fe, sanidad, profecía, predicación, enseñanza, administración, reconciliación, compasión y servicio abnegado y caridad para ayudar y animar a nuestros semejantes. Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para cumplir funciones reconocidas por la iglesia en los ministerios pastoral, de evangelización, apostólico y de enseñanza, particularmente necesarios a fin de equipar a los miembros para el servicio, edificar a la iglesia de modo que alcance madurez espiritual, y promover la unidad de la fe y el conocimiento de Dios. Cuando los miembros emplean estos dones espirituales como fieles mayordomos de las numerosas gracias de Dios, la iglesia es protegida de la influencia destructora de las falsas doctrinas, crece gracias a un desarrollo que procede de Dios, y es edificada en la fe y el amor. (Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12:9-11, 27-28; Efesios 4:8, 11-16; Hechos 6:1-7; 1 Timoteo 3:1-13; 1 Pedro 4:10-11)

18. El don de profecía. Uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. Este don es una de las características distintivas de la iglesia remanente y se manifestó en el ministerio de Elena G. de White. Como mensajera del Señor, sus escritos son una permanente y autorizada fuente de verdad, y proveen consuelo, dirección, instrucción y corrección a la iglesia. También establecen con claridad que la Biblia es la norma por la cual deben ser evaluadas toda enseñanza y toda experiencia. (Joel 2:28-29; Hechos 2:14-21; Hebreos 1:1-3; Apocalipsis 12:17; 19:10)

V. LA DOCTRINA DE LA VIDA CRISTIANA

19. La ley de Dios. Los grandes principios de la ley de Dios están incorporados en los Diez Mandamientos y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor, la voluntad y el propósito de Dios con respecto a la conducta y las relaciones humanas, y están en vigencia para todos los seres humanos de todas las épocas. Esos preceptos constituyen la base del pacto de Dios con su pueblo y la norma del juicio divino. Por medio de la obra del Espíritu Santo señalan el pecado y avivan la necesidad de un Salvador. La salvación es sólo por gracia y no por obras, pero su fruto es la obediencia a los mandamientos. Esta obediencia desarrolla el carácter cristiano y da como resultado una sensación de bienestar. Es una evidencia de nuestro amor al Señor y preocupación por nuestros semejantes. La obediencia por fe demuestra el poder de Cristo para transformar vidas y por lo tanto fortalece el testimonio cristiano. (Éxodo 20:1-17; Salmos 40:7-8; Mateo 22:36-40; Deuteronomio 28:1-14; Mateo 5:17-20; Hebreos 8:8-10; Juan 15:7-10; Efesios 2:8-10; 1 Juan 5:3; Romanos 8:3-4; Salmos 19:7-14)

20. El sábado. El benéfico Creador descansó el séptimo día después de los seis días de la creación, e instituyó el sábado para todos los hombres como un monumento de su obra creadora. El cuarto mandamiento de la inmutable ley de Dios requiere la observancia del séptimo día como día de reposo, adoración y ministerio, en armonía con las enseñanzas y la práctica de Jesús, el Señor del sábado. El sábado es un día de agradable comunión con Dios y con nuestros hermanos. Es un símbolo de nuestra redención en Cristo, una señal de santificación, una demostración de nuestra lealtad y una anticipación de nuestro futuro eterno en el reino de Dios. El sábado es la señal perpetua de Dios del pacto eterno entre él y su pueblo. La gozosa observancia de este tiempo sagrado de tarde a tarde, de puesta de sol a puesta de sol, es una celebración de la obra creadora y redentora de Dios

(Génesis 2:1-3; Éxodo 20:8-11; Lucas 4:16; Isaías 56:5-6; 58:13-14; Mateo 12:1-12; Éxodo 31:13-17; Ezequiel 20:12, 20; Hebreos 4:1-11; Deuteronomio 5:12-15; Levíticos 23:32; Marcos 1:32)

21. La mayordomía. Somos mayordomos de Dios, a quienes él ha confiado tiempo y oportunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la tierra y sus recursos. Somos responsables ante él por su empleo adecuado. Reconocemos que Dios es dueño de todo mediante nuestro fiel servicio a él y a nuestros semejantes, y mediante la devolución de los diezmos y las ofrendas para la proclamación de su evangelio y para el sostén y desarrollo de su iglesia. La mayordomía es un privilegio que Dios nos ha concedido para que crezcamos en amor y para que logremos la victoria sobre el egoísmo y la codicia. El mayordomo fiel se regocija por las bendiciones que reciben los demás como fruto de su fidelidad. (Génesis 1:26-28; 2:15; 1 Crónicas 29:14; Hageo 1:3-11; Malaquías 3:8-12; 1 Corintios 9:9-14; Mateo 23:23; 2 Corintios 8:1-15; Romanos 15:26-27)

22. Conducta cristiana. Se nos invita a ser gente piadosa que piense, sienta y actúe en armonía con los principios del cielo. Para que el Espíritu vuelva a crear en nosotros el carácter de nuestro Señor, participamos solamente de lo que produce pureza, salud y gozo cristiano en nuestra vida. Esto significa que nuestras recreaciones y entretenimientos estarán en armonía con las más elevadas normas de gusto y belleza cristianos. Si bien reconocemos las diferencias culturales, nuestra vestimenta debiera ser sencilla, modesta y pulcra como corresponde a aquellos cuya verdadera belleza no consiste en el adorno exterior, sino en el inmarcesible ornamento de un espíritu apacible y tranquilo. Significa también que puesto que nuestros cuerpos son el templo del Espíritu Santo, debemos cuidarlos inteligentemente. Junto con la práctica adecuada del ejercicio y el descanso, debemos adoptar un régimen alimentario lo más saludable posible, y abstenernos de alimentos impuros identificados como tales en las Escrituras. Puesto que las bebidas alcohólicas, el tabaco, y el empleo irresponsable de drogas y narcóticos son dañinos para nuestros cuerpos, también nos abstendremos de ellos. En cambio, nos dedicaremos a todo lo que ponga nuestros pensamientos y cuerpos en armonía con la disciplina de Cristo, quien quiere que gocemos de salud, de alegría y de todo lo bueno. (Romanos 12:1-2; 1 Juan 2:6; Efesios 5:1-21; Filipenses 4:8; 2 Corintios 10:5; 6:14 - 7:1; 1 Pedro 3:1-4; 1 Corintios 6:19-20; 10:31; Levíticos 11:1-47; 3 Juan 2)

VI. LA DOCTRINA DE LOS ACONTECIMIENTOS FINALES

23. El matrimonio y la familia. El matrimonio fue establecido por Dios en el Edén y confirmado por Jesús, para que fuera una unión por toda la vida entre un hombre y una mujer en amante compañerismo. Para el cristiano el matrimonio es un compromiso a la vez con Dios y con su cónyuge, y este paso debieran darlo sólo personas que participan de la misma fe. El amor mutuo, el honor, el respeto y la responsabilidad, son la trama y la urdimbre de esta relación, que debiera reflejar el amor, la santidad, la intimidad y la perdurabilidad de la relación que existen entre Cristo y su iglesia. Con respecto al divorcio, Jesús enseñó que la persona que se divorcia, a menos que sea por causa de fornicación y se casa con otra, comete adulterio. Aunque algunas relaciones familiares estén lejos de ser ideales, los socios en la relación matrimonial que se consagran plenamente el uno al otro en Cristo pueden lograr una amorosa unidad gracias a la dirección del Espíritu y al amante cuidado de la Iglesia. Dios bendice la familia y es su propósito que sus miembros se ayuden mutuamente hasta alcanzar la plena madurez. Los padres deben criar a sus hijos para que amen y obedezcan al Señor. Mediante el precepto y el ejemplo debieran enseñarles que Cristo disciplina amorosamente, que siempre es tierno y que se preocupa por sus criaturas, y que quiere que lleguen a ser miembros de su cuerpo, la familia de Dios. Una creciente intimidad familiar es uno de los rasgos característicos del último mensaje evangélico. (Génesis 2:18-25; Mateo 19:3-9; Juan 2:1-11; 2 Corintios 6:14; Efesios 5:21-33; Mateo 5:31-32; Marcos 10:11-12; Lucas 16:18; 1 Corintios 7:10-11; Éxodo 20:12; Efesios 6:1-4; Deuteronomio 6:5-9; Proverbios 22:6; Malaquías 4:5, 6)

24. El ministerio de Cristo en el santuario celestial. Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En él Cristo ministra en nuestro favor, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, entró en la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, tipificada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el día de la expiación. En el servicio simbólico el santuario se purificaba mediante la sangre de los sacrificios de animales, pero las cosas celestiales se purificaban mediante el perfecto sacrificio de la sangre de Jesús. El juicio investigador pone de manifiesto frente a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo y por lo tanto se los considerará dignos, en él, de participar de la primera resurrección. También aclara quiénes entre los vivientes están morando en Cristo, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y en éI, por lo tanto estarán listos para ser trasladados a su reino eterno. Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecieron leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida

(Hebreos 8:1-5; 4:1416; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Daniel 7:9-27; 8:13-14; 9:24-27; Números 14:34; Ezequiel 4:6; Levíticos 16; Apocalipsis 14:6-7; 20:12: 14:12; 22:12)

25. La segunda venida de Cristo. La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando regrese, los justos muertos resucitarán y junto con los justos vivos serán glorificados y llevados al cielo, pero los impíos morirán. El hecho de que la mayor parte de las profecías esté alcanzando su pleno cumplimiento, unido a las actuales condiciones del mundo, nos indica que la venida de Cristo es inminente. El momento cuando ocurrirá este acontecimiento no ha sido revelado, y por lo tanto se nos exhorta a estar preparados en todo tiempo

(Tito 2:13; Hebreos 9:28; Juan 14:1-3; Hechos 1:9-11; Mateo 24:14; Apocalipsis 1:7; Mateo 24:43-44; 1 Tesalonicenses 4:13-18; 1 Corintios 15:51-54; 2 Tesalonicenses 1:7-10; 2:8; Apocalipsis 14:14-20; 19:11-21; Mateo 24; Marcos 13; Lucas 21; 2 Timoteo 3:1-5; 1 Tesalonicenses 5:1-6)

26. La muerte y la resurrección. La paga del pecado es muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que hayan fallecido. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados y todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil años después. (Romanos 6:23; 1 Timoteo 6:15-16; Eclesiastés 9:5-6; Salmos 146:3-4; Juan 11:11-14; Colosenses 3:4; 1 Corintios 15:51-54; 1 Tesalonicenses 4:13-17; Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:1-10)

27. El milenio y el fin del pecado. El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese tiempo serán juzgados los impíos; la tierra estará completamente desolada, sin habitantes humanos, pero sí ocupada por Satanás y sus ángeles. Al terminar ese período Cristo y sus santos, junto con la Santa Ciudad, descenderán del cielo a la tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces, y junto con Satanás y sus ángeles rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la tierra. De ese modo el universo será librado del pecado y de los pecadores para siempre (Apocalipsis 20; 1 Corintios 6:2-3; Jeremías 4:23-26; Apocalipsis 21:1-5; Malaquías 4:1; Ezequiel 28:18-19)

28. La tierra nueva. En la tierra nueva, donde morarán los justos, Dios proporcionará un hogar eterno para los redimidos y un ambiente perfecto para la vida, el amor y el gozo sin fin, y para aprender junto a su presencia. Porque allí Dios mismo morará con su pueblo, y el sufrimiento y la muerte terminarán para siempre. El gran conflicto habrá terminado y el pecado no existirá más. Todas las cosas, animadas e inanimadas, declararán que Dios es amor, y él reinará para siempre jamás. Amén (2 Pedro 3:13; Isaías 35; 65:17-25; Mateo 5:5; Apocalipsis 21:1-7; 22:1-5; 11:15



domingo, 12 de diciembre de 2010

¿COMO NOS SALVA DIOS ?


¿Por qué murió Jesús? ¿Cómo nos salva Dios?


Con el final del primer siglo de la era cristiana y la muerte de Juan -el último de los testigos íntimos del ministerio de Cristo- comenzaron a aflorar cuestiones que hasta entonces se habían dado por sentadas: ¿Quién fue Jesús? ¿Por qué vino? ¿Por qué murió?


Las respuestas a tales cuestiones vinieron a través de una sucesión de metáforas existentes en las Escrituras: el Cordero sacrificial de Dios que quita los pecados del mundo; el Rey de reyes Conquistador; la Luz del mundo. Se vio entonces a Jesús como al Hijo de Dios -un Libertador cósmico, un emisario del cielo. Pero se lo vio también como al Hijo del hombre, identificándose con nosotros.


Una de las imágenes más explicativas yace en la idea de rescate. Dice Jesús: "Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos" (Mat. 20:28). Y haciéndose eco de él, Pedro afirma: "Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir la cual recibisteis de vuestros padres no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación" (1 Ped. 1:18 y 19).

La idea de rescate era conocida en el mundo antiguo. El término hacía referencia a algún objeto de valor, empleado para recuperar algo de la casa de empeños. Se refería también a la compra de la libertad por parte de un esclavo. Desde luego, los antiguos conocían demasiado bien la práctica de pagar un rescate para la liberación de un secuestrado o prisionero de guerra. De ahí el comentario de Pablo: "Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres" (1 Cor. 7:23).

El precio del rescate

No obstante, mentes inquietas se pusieron pronto a la obra, y suscitaron la cuestión: Si rescatados, ¿quién recibe el precio del rescate?

Es interesante que la Biblia nunca dice quién. A lo largo de los siglos se fue configurando el escenario de un drama -mitad real y mitad ficción. Según la fábula, el Padre y Satanás fueron quienes cerraron el trato. Adán había vendido sus derechos -de hecho, su alma- al diablo.

Conocedor del ferviente deseo que el Padre tenía de ver a Adán devuelto, Satanás, con una sonrisa sádica, puso el último precio: la vida del Hijo de Dios, el objeto por excelencia del odio de Lucifer.

Así, Jesús vino -según ese drama- y vivió bajo el férreo tormento de Satanás, y finalmente perdió su vida. Pero de acuerdo con la fábula, el mismo Lucifer resultó burlado, puesto que el Padre resucitó a su Hijo de la tumba, dejando a Lucifer privado de su premio, y en posesión de nada más que un sepulcro vacío. Perdió el precio que había extorsionado al Padre.


La verdad importante

Más allá de la fantasía de la ilustración, descubrimos aquí una gema de verdad. Cristo dio ciertamente su vida como rescate por nosotros, pecadores. Pero el asunto importante poco tiene que ver con quién recibió el pago. Hay una verdad muchísimo más importante: que en la expiación de Cristo se pagó un precio monumental, no en términos puramente mercantiles, sino para lograr la reconciliación entre nosotros como caídos pecadores, y nuestro Dios de justicia; para elevarnos a un estado de reconciliación con Dios. "Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida" (Rom. 5:10).

Ante un universo expectante, Dios demostró de una vez por todas hasta dónde iba a llegar para hacer posible la redención de los pecadores extraviados. Las dimensiones de su amor revelan la forma en la que su sacrificio comporta la cualidad del rescate.

No debemos nunca olvidar que fue nuestro Dios quien inició nuestro rescate, quien fue en nuestra búsqueda. "Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo" (2 Cor. 5:18). Y continúa hoy buscándonos. Cuando aceptamos su invitación misericordiosa, caminamos en la certeza de la salvación que nos garantiza por su muerte y resurrección.

En una breve frase, Pablo sondea las profundidades de lo que significa para Dios amar. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom. 5:8).

Saltan a la vista tres verdades. Primera, Dios demuestra el tipo de amor que tiene. Segunda, comprendemos nuestra situación de impotencia e ignorancia como pecadores. Y tercera, vemos que es él quien inicia todo el plan.


En el plan de Dios Cristo cumple el pacto eterno, asumiendo el compromiso contraído antes que el mundo fuera. Se sometería voluntariamente a entregar su vida por nosotros. Tal como los Adventistas comprenden especialmente, estaba en ello cumpliendo de forma coincidente un propósito de dimensiones cósmicas.


Pero ¿qué hay de su amor?

Desgraciadamente, el amor ha venido a convertirse en una palabra casi vacía. A menudo se lo asocia a la emoción, o hasta se lo confunde con un sentimiento religioso. Pero tal como se lo emplea en la Biblia, el amor es una palabra llena de poder, no de blandura nebulosa. El amor es agresivo: Dios entregado a la tarea de alcanzarnos para auxiliarnos. El amor es un principio, afirma E. White. ¿Cómo es eso posible? La respuesta es que el amor de Dios es un compromiso invariable, inviolable, una predisposición en favor nuestro que no podemos hacer decaer. No hay manera de hacer que se tambalee el amor divino, no lo podemos disuadir o desanimar. Es una búsqueda infatigable de parte del Dios que anhela auxiliar, y que jamás claudica. En ese sentido Dios es amor.


Más que ejemplo

En la alta Edad Media un monje francés, Pierre Abelard, ideó lo que a él le pareció que describía el significado real del amor. Se ha venido a conocer como la teoría de la influencia moral. Reaccionando contra la idea de rescate que era común en su tiempo, arguyó que Jesús no fue en ningún sentido un rescate, sino alguien elevado. Si fuésemos capaces de comprender la nobleza del carácter de Dios, razonaba él, nuestros endurecidos corazones se enternecerían y serían movidos al arrepentimiento, abandonando el pecado.

Para Abelard, la muerte de Cristo fue realmente la demostración última del amor de Dios, y por lo tanto, una descripción de su carácter. Así, Jesús sufrió con nosotros para dejarnos ejemplo. Sufrió con el pecador, más bien que por el pecador. Esa teoría reinterpretaba el significado de esos textos que nos dicen que Cristo murió por nosotros.

A pesar de su núcleo de verdad, la doctrina de Abelard quedaba muy lejos de la plenitud del significado bíblico. Presenta a Cristo como a un sujeto de la ley de amor, más bien que como a su Creador. Su tolerante concepto del pecado sugiere que la dificultad proviene, no tanto de la violación por parte del pecador contra el perfecto carácter de Dios, sino más bien de su fracaso en comprender el gran afecto de Dios por él. Queda en el vacío la enseñanza bíblica de que Cristo vino, no sólo para demostrar el amor de Dios, sino igualmente para manifestar su justicia. Con esa descripción de la expiación principalmente en términos de darnos luz sobre su propósito, resulta acallada la obra de Cristo como sacrificio muriendo por los pecadores culpables. El foco recae especialmente en la iluminación moral interior, y mucho menos en una llana y conclusiva muerte que resolvió el gran conflicto que el pecado introdujera en el universo de Dios. Así, Abelardo nos trajo una verdad parcial: Jesús como demostración indiscutible de la incesante preocupación de Dios por nosotros.

Pero salvación significa más que sentimientos positivos entre nosotros y Dios. Significa una abrumadora confrontación entre la justicia y la rebelión humana en la que estamos todos atrapados. Significa un amor que llevó a Jesús al sacrificio último a fin de obtener para nosotros reconciliación con nuestro Creador. La horrible escena física del Gólgota habló a los humanos sólo de una forma muy limitada acerca de un amor que, de hecho, implica tomar la culpabilidad de cada pecado y llevar su consecuencia: la separación total de Dios. Sólo ahí afloran las profundidades de ese amor de Dios caracterizado por la abnegación y perseverancia.

Así, como afirma Pablo, "tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). Al aceptarlo tenemos el gozo de la salvación, sabiéndonos plenamente aceptos en su amor. Dios es amor, y la magnitud de ese amor continuará revelándose ante nosotros una vez atravesadas las puertas de la eternidad.

Oculta en un texto bien conocido del Nuevo Testamento, se encuentra una verdad que las traducciones suelen oscurecer: "Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (1 Cor. 15:3). El texto dice literalmente que Cristo vino a ser nuestro lugar de sacrificio (hilasterion en griego), una referencia inequívoca al antiguo sistema sacrificial hebreo. Tanto en la forma como en el fondo, el principio subyacente es la substitución.


Como era típico en las religiones paganas, los Griegos, en lo antiguo, se esforzaban en apaciguar a sus dioses, procurando aplacar su ira y lograr su favor mediante dones y un régimen consistente en determinadas obras. Desgraciadamente el concepto persiste aún hoy entre algunos cristianos, aflorando a veces en discusiones sobre la fe y las obras.


El favor del Padre

En la muerte de Cristo no existe el más leve indicio de que el Salvador hiciera esfuerzo alguno por ganar el favor del Padre. Disponiendo ya previamente de ese favor, su confianza lo condujo hasta el Calvario, a pesar de que su humanidad se estremecía. Confrontado con el abandono de la presencia de su Padre en aversión al pecado, fue sólo en la cruz donde se hizo evidente el severo abismo. Al caer sobre él el velo de nuestra culpabilidad, sus labios expresaron un clamor agonizante: "¿Por qué me has desamparado?" (Mat. 27:46).


Entonces descendió al abismo de la muerte segunda llevando la carga del rechazo y rebelión contra Dios. En ese momento, él se encuentra en nuestro lugar. Suya es la desesperación de los pecadores perdidos, horrorizados ante el vacío tenebroso, privados de toda esperanza. Estando en lugar nuestro, "el Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba" (El Deseado, p. 701). La muerte le sobrecogió como al pecador abandonado, solo, en el lugar que realmente nos corresponde a cada uno de nosotros.


Algunos sugieren que Cristo vino primariamente para mostrarnos su preocupación por nosotros, en la desgraciada suerte que nos es común; para compartir nuestros pesares, para asegurarnos de la comprensión y cuidado de Dios. Si bien hay virtud en reconocer lo anterior, encierra la sutil sugerencia de que, después de todo, el pecado no es algo tan grave, y que podemos tranquilizarnos definitivamente sabiendo que Dios nunca deja de cuidarnos. Se nos anima a ver el lado luminoso. Pero ¿cuánta luz alumbra el abismo de la muerte? Sin duda alguna Jesús demostró cuánto nos ama el Padre, pero había mucho más en juego. Vino para llevar el inevitable castigo por la rebelión contra el carácter infinitamente justo de Dios.


Jesús vino, no a apaciguar, sino a cancelar la culpabilidad y a limpiar a los pecadores. Eso no es sobornar a Dios en ningún sentido, ni es artero subterfugio a fin de satisfacer algo así como una demanda personal. Sí es, por el contrario, un plan divinamente calculado del que Pablo declaró: "para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom. 3:25 y 26). Dicho de otro modo: Más bien que responder a la demanda de Dios, fue efectuado por iniciativa de Dios.


De ese modo Jesús pagó nuestro rescate y nos liberó, cautivos como estábamos del pecado. Mostró así cómo nos ama Dios. Pero hay mucho más. La auténtica comprensión tiene lugar cuando nos apercibimos de la naturaleza desesperada del problema de nuestro pecado y de la forma en la que Dios ha de tratar con la rebelión que ha irrumpido en su universo.


Está en cuestión la rectitud de Dios, su justicia. Se da aquí un categórico alejamiento de las ideas paganas relativas a apaciguar. Dios emprende la obra de hacer un puente que salve el abismo. Se coloca él mismo como substituto, para demostrar la naturaleza inmutable de su ley, y realiza todo lo que es necesario. Cristo viene a ser hecho el sacrificio divino, su cruz viene a ser un altar (ver 1 Cor. 5:7). Lo contemplamos asombrados, viendo lo que efectúa en favor nuestro. "Se entregó a sí mismo por nosotros" (Efe. 5:2) y ofreció "una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados" (Heb. 10:12). Dios "envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1 Juan 4:10).

En Cristo, nuestro pecado fue juzgado y condenado. Permanece intacta la naturaleza justa de Dios, y queda resuelta la violación de la misma. Mientras lo contemplamos como niños asombrados, él nos reconcilia, derramando los beneficios sobre nosotros, quienes lo aceptamos por fe. Después de todo lo realizado, con el universo por testigo, ¿qué más pudo haber hecho?.

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Autor: George W. Reid.

de: Adventist Biblical Research,

(Instituto de Investigaciónes Bíblicas Adventista).

Fuente:http://www.adventistbiblicalresearch.org/documentos/porquemuriojesus.htm

¿Que es el Adventismo?



EL ADVENTISMO EN LA BIBLIA Y EN LA HISTORIA



Es posible que muchos hayan al menos oído de los Adventistas del Séptimo Día. Pero lo que muchos ignoran es la historia de esta iglesia. Algunos dicen que los adventistas son los que guardan el sábado y no comen carne de cerdo. Aunque eso es algo de ellos, ser adventista es mucho más.
Hemos de aprender que la palabra “Adventista” fue usada por primera vesz en los Estados Unidos, a mediados del siglo 19, para referirse a los seguidores de William Miller. En inglés la palabra es “Adventist” y significa que cree en el segundo advenimiento de Cristo.

La iglesia adventista, como institución moderna, nació en el 1863, cuando realizó su primer concilio general. Pero la fe adventista es, posiblemente, la más antigua del mundo. El primer adventista que la Biblia menciona es Enoc. Judas registra sus palabras: “He aquí el Señor es venido con sus santos millares (Judas 14). Este noble patriarca vivió en la era antediluviana y fue el bisabuelo de Noé. Cuando él nació, Adán contaba 622 años y cesó su vida terrenal 47 años después de la muerte del primer hombre. Llegó a ver la corrupción de la tierra y fue un predicador del reino de Cristo. Dejó la semilla sembrada para el ministerio de Noé.

Asaph, autor del salmo 50 fue también un leal adventista. Veamos sus palabras: “Vendrá nuestro Dios y no callará: fuego consumirá delante de él, y en derredor suyo habrá tempestad grande” (Salmo 50:3). Los profetas, desde Isaías hasta los profetas menores, la mayor parte de ellos menciona “el día de Jehová” o “el día grande de Jehová”. Ese “día” es más bien un período de tiempo, cuando el mundo ha de sentir el tiempo de “la ira de Dios, consumado en las siete plagas postreras” (Apocalipsis 15:1). Luego de estas plagas terribles, el Señor Jesús hará su aparición en las nubes de los cielos, para llevar a su pueblo a las mansiones del Padre.

El más grande de los adventistas es el mismo Jesús, quien nos asegura: “Vendré otra vez” (Juan 14:1-3). Los apóstoles, todos ellos, en sus escritos, nos hablan de la segunda venida de Cristo. Y el Apocalipsis comienza con las palabras “He aquí que viene con las nubes y todo ojo lo verá… (Apoc. 1:7) y termina con las palabras de Jesús: ”Ciertamente, vengo en breve” (Apoc. 22:20).
La Reforma no tocó el tema de la segunda venida de Cristo. Esto no era verdad presente en esa época. Era más importante resaltar la justicia por la fe en Cristo y todo lo que el Evangelio significa.

Para el 1620, los peregrinos huyeron de Europa y fundaron su nación en el Nuevo Mundo. Libres de la persecución por su fe, crearon una sociedad protestante, donde podían gozar de bienestar económico y libertad de culto. Pero, imbuidos por lo material, sus cultos se hicieron formalistas y la enseñanza de la venida de Cristo fue olvidada. Fue necesario un nuevo movimiento que despertara, no sólo a esa nueva nación, sino al mundo entero. Entre fines delsiglo 18 y mediados del siglo 19, surgió en varias partes del mundo lo que llamamos “El Gran Despertar Adventista”. Hombres como José Wolf, Hetzepeter, Eduardo Irving, Enrique Gausen, JoséLacunza, Ramos Mejía y José Rozas, dieron, en diferentes partes del mundo, un mismo mensaje: el pronto regreso de Cristo.

En Los Estados Unidos de Norteamérica, el representante de este movimiento fue William Miller. En el 1831, este notable reformador comenzó sus prédicas sobre el tema del regreso de Cristo. Sus estudios de Daniel 7 y 8 lo llevaron a la conclusión que el Señor habría de venir entre abril de 1843 a abril de 1844. Cuando ya la fecha estuvo cerca, Samuel S Snow, un asociado de Miller, indicó que el evento debía de ser el 22 de octubre de 1844, ya que los judíos celebraban en esa fecha el día de la expiación (Yom Kippur). Convencidos por las conclusiones de Snow, el movimiento predicó con más fuerza el inminente regreso del Salvador.

La historia la conocemos. Cristo no vino, dejando chasqueados a miles de mileristas. Pero, ¿será que el Señor no habría de venir? No. Mas bien deberían de darse cuenta que “el día y la hora nadie lo sabe”. Miller fue sincero en su percepción, pero su movimiento se dispersó. Varias iglesias surgieron, entre ellas, la más extensa: la Adventista del Séptimo Día.

¿Cómo surgió esta iglesia? Lo primero es que Miller no fue el fundador de ella. De hecho, él nunca guardó el sábado. Un grupo numeroso de los chasqueados del movimiento milerista, se reunió a estudiar la causa del chasco. Todo parecía tan claro. ¿Por qué no vino Jesús? Uno de aquellos mileristas, Hiram Edson, iba a una reunión convocada en un granero en Nueva York. Pasando por un maizal, le pareció ver a jesús, vestido como el sumo sacerdote israelita, entrando al lugar santísimo del santuario celestial. ¿Qué podría significar aquella visión? Llegó a la reunión con la visión bien clara en su mente y la compartió con sus compañeros hasta darse cuenta al fin del verdadero evento sucedido el 22 de octubre: la entrada de Jesús en el lugar santísimo para su obra final de expiación.

Entre los que estaban reuniéndose para estudia la Biblia y compartir experiencias, estaba Elena Harmon. Esta jovencita había abrazado con su familia el mensaje de Miller. Por esa relación con el reformador, fueron expulsados de su iglesia Metodista Episcopal. Estando reunida con otras hermanas en un segundo piso, mientras oraban, Elena sintió que Dios le daba una visión. Pudo ver al pueblo adventista en su rumbo al cielo, mientras algunos erraban el camino y caían al precipicio. Al frente, envuelto en una gran luz, Cristo guiaba a los fieles, mientras que atrás otra luz alumbraba el camino. Los que se mantenían mirando a Cristo, pudieron finalmente llegar a la santa ciudad. La visión de la señorita Harmon ayudó a muchos a mantenerse fieles, estudiando las Escrituras y orando. Varios grupos se organizaron. Elena, junto a su hermana gemela Elizabeth, hicieron largos viajes para aglutinar a los diferentes grupos. Algunos no querían organizarse, por no parecerse a las iglesias que habían abandonado.

Entre los líderes del movimiento habían unos procedentes del catolicismo, bautistas, presbiterianos, episcopales, metodistas y congregacionalistas. Todos estaban buscando qué nombre poner a la nueva iglesia. Varios nombres surgieron, pero finalmente, en el 1860, quedó con el nombre “Adventistas del Séptimo Día”. Este nombre, “adventistas”, habrá de ser un baluarte contra los que niegan o no enseñan el advenimiento del Salvador. “Del Séptimo Día”, mostraría al mundo la vigencia de la sagrada ley de Dios.

Para el año 1863, la iglesia realizó su primer concilio general, dando lugar a una iglesia que habría de llenar al mundo con su mensaje precioso, basado en Apocalipsps 14:6-12. Tres poderosos ángeles, en “toda nación, tribu, lengua y pueblo”, anuncian el pronto regreso de Jesús, “el Evangelio eterno”; la venida de “la hora del juicio”; el llamado a adorar al Creador; anuncia la caída del sistema rerligioso falso llamado “Babilonia”; y el peligro de adorar “a la bestia y a su imagen” y a tomar su marca en la mano o en la frente.
En el año 1846, Elena Harmon contrajo nupcias con James White, un valeroso predicador y administrador. De ahí en adelante, ella se llamaría Elena G. de White. El ministerio de esta mujer de Dios fue de 70 años. Escribió más de 60 libros y miles de artículos. Viajó extensamente por varios países. Enviudó a los 64 años y murió en el 1915 a los 87 años de edad.

Aunque los adventistas contamos con los libros de Elena White, nuestras doctrinas son basada única y exclusivamente en la Biblia. Los escritos de la señora White han servido de inspiración a millones. La historia de la iglesia adventista está ligada a la obra y ministerio de esta noble mujer. Sus escritos originales se hallan en la sede de la iglesia en Springfield, del estado de Maryland, donde están los fideicomisarios de toda su obra literaria. Copias en microfilm están en California y Michigan.

Al principio, los adventistas no observaban el sábado. Fue una señora bautista del séptimo día, Raquel Oaks, la que convenció al pastor milerista Federico Wheeler, de que el sábado es el día de reposo de la Biblia. La historia es sencilla. En un domingo, el pastor Wheeler estaba predicando un sermón sobre la necesidad de observar los 10 mandamientos. En la fila del frente, una mujer le miraba fijamente y de forma inquisidora. Finalizado el servicio, el pastor le pidió a la hermana que le acompañara a su oficina. Allí le preguntó por qué lo miraba tan extrañamente mientras él predicaba. La señora Oakes le dijo: “Porque usted está hablando de los diez mandamientos y no los está observando.” Intrigado, el pastor le pregunta por qué, y ella le contestó: “Porque usted no guarda el cuarto mandamiento que dice que hay que observar el sábado y no el domingo.” La señora Oakes se convirtió en maestra, mostrando los textos de la Biblia donde Dios claramente expone el sábado como su día de descanso. El pastor Wheeler quedó convencido y su iglesia de Washington, New Hampshire fue la primera iglesia adventista en guardar el séptimo día.

Fue para el año 1846 que los esposos White aceptaron la verdad del sábado, convencidos por el pastor José Bates, quien escribió dos libros sobre el tema. Desde entonces, el sábado se convirtió en una de las doctrinas fundamentales de la iglesia. Fueron muchos los días que aquellos hombres y mujeres, mediante estudio concienzudo de la Biblia y mucha oración, lograron establecer un cuerpo doctrtinal admirable.

En el año 1874, la iglesia envió su primer misionero fuera de los Estados Unidos: José N. Andrews. Este fue enviado a Europa. Luego fueron otros y hoy, la iglesia cuenta con una obra mundial excepcional. Casi todos los países del mundo cuentan con iglesias e instituciones adventistas, como hospitales, universidades, escuelas, centros de atención a envejecientes, horfanatos, centros de distribución de alimentos y ropa, centros de atencién a jóvenes y lugares para rehabilitación de alcohólicos y adictos a drogas. Además tiene una enviadiable obra de publicaciones, donde se imprimen libros en más de 200 idiomas.

La sede de la obra adventista se halla en Estados Unidos y es llamada la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día. Cada iglesia en todo el mundo está unida en asociaciones o misiones. Estas a la vez forman uniones y luego Divisiones, las que son responsables a la Asociación general. Cada 5 años se celebra un concilio general, con participantes de todo el globo.

Esta es, en síntesis, la historia de un gran movimiento profético. No es una iglesia más en el firmamente eclesiástico, sino un pueblo con el mensaje final de Dios para el mundo. Creemos que en cada denominación cristiana hay individuos sinceros que sirven a Dios y serán salvos. En ese sentido no somo exclusivistas; pero creemos sinceramente que la Iglesia Adventista del Séptimo Día es el Remanente de Dios, con las verdades más grandiosas que jamás el mundo ha experimentado. Estas verdades las comunicamos a todo los que de buena nos aceptan. Nuestro llamado es : Ven y ve. Ven y estudia con nosotros la Biblia. Juntos podemos llegar a las alturas del conocimiento verdadero.


Para Mayor informacion:
Wikipedia:

Sitio Oficial:
http://www.adventist.org/

Iglesia Adventista en Interamerica:
http://www.interamerica.org/

Iglesia Adeventista en Venezuela:
http://www.uva.netadvent.org/

-Union Venezolana Antillana :
http://www.unionvenezolana.interamerica.org/

-Union Venezolana Oriental :
http://www.unionvenezolanaoriental.interamerica.org/

Radio La Voz Internacional:
http://www.lavozinternacional.org/